Una noche uno decide darle vueltas al sueño, como tratando de arrancarlo.
La espalda se enfrenta a la luz de un cuarto que se va aclarando mientras el día se llena de sol.
No hay más que hacer. Te tapás con la cobija rosa, estirás las mano tratando de buscar el iPhone y ponés de corrido ese disco que tanto tanto te gusta. ¡Es el mejor disco de la historia! -pensás para adentro- Y no te importa si caés en clichés o en redundacias. Y lo creés tan cierto que no importa que existan otros tantos que te gusten.
Comienza a sonar en el silencio. El aire poco a poco se va llenando con sonidos y un par de veces sentís que estrujan tu corazón hasta que la nostalgia sobreviene con las últimas canciones.
La espada boca arriba. El mejor disco de la historia esta sonando a tu lado. Tenés los pies estirados en la cama enorme.
Al sueño le va a costar mucho despedirse, o al menos a la pereza.
Sin embargo notás que no es un buen día para salir del cuerpo, o para esas cosas que se te ocurren como inventar un nuevo lenguaje o escribir cientos de garabatos en el borde de un libro o un cuaderno.
No es día para andar espiando al sol que otros seguramente estarán sientiendo como un augurio que ponga fin a las constantes lluvias.
Se te ocurre la brillante idea de tomar la cama igual que los griegos tomaron las playas de la amurallada Troya. Te olvidás de Argos y te quedás pensando simplemente en la batalla. Esa batalla contra una caja de cristal que alguien se empeñó en fabricar para mantenerte a salvo y que vos nunca quisiste.
En el final, la última canción dice tu nombre. Vos sonreís pensado en tres o cuatro personas que dicen que se acuerdan de vos cuando la escuchan.
Y ya no pensás en nada. Ni en Argos ni en ninguna caja de cristal cuando termina el disco con esa sentencia rotunda.
No hay mas remedio. Te das la vuelta y seguis durmiendo.
La espalda se enfrenta a la luz de un cuarto que se va aclarando mientras el día se llena de sol.
No hay más que hacer. Te tapás con la cobija rosa, estirás las mano tratando de buscar el iPhone y ponés de corrido ese disco que tanto tanto te gusta. ¡Es el mejor disco de la historia! -pensás para adentro- Y no te importa si caés en clichés o en redundacias. Y lo creés tan cierto que no importa que existan otros tantos que te gusten.
Comienza a sonar en el silencio. El aire poco a poco se va llenando con sonidos y un par de veces sentís que estrujan tu corazón hasta que la nostalgia sobreviene con las últimas canciones.
La espada boca arriba. El mejor disco de la historia esta sonando a tu lado. Tenés los pies estirados en la cama enorme.
Al sueño le va a costar mucho despedirse, o al menos a la pereza.
Sin embargo notás que no es un buen día para salir del cuerpo, o para esas cosas que se te ocurren como inventar un nuevo lenguaje o escribir cientos de garabatos en el borde de un libro o un cuaderno.
No es día para andar espiando al sol que otros seguramente estarán sientiendo como un augurio que ponga fin a las constantes lluvias.
Se te ocurre la brillante idea de tomar la cama igual que los griegos tomaron las playas de la amurallada Troya. Te olvidás de Argos y te quedás pensando simplemente en la batalla. Esa batalla contra una caja de cristal que alguien se empeñó en fabricar para mantenerte a salvo y que vos nunca quisiste.
En el final, la última canción dice tu nombre. Vos sonreís pensado en tres o cuatro personas que dicen que se acuerdan de vos cuando la escuchan.
Y ya no pensás en nada. Ni en Argos ni en ninguna caja de cristal cuando termina el disco con esa sentencia rotunda.
No hay mas remedio. Te das la vuelta y seguis durmiendo.


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